“Mi amigo el Alien”

“Ke weno k pronto nos vemos”, leo, y me río al descubrir lo rápido que ha aprendido la jerga callejera, esa forma de maltratar el español, al estilo desenfadado cubano.

“¿Exactamente cuándo?”, tecleo en mi Android y su Androide literal le traduce para que pueda entenderme.

“Falta poco, estoy a 12 años Luz”, responde, y al escribir mi apodo con maliciosa mayúscula me doy cuenta de lo mucho que disfruta todavía el hacerme reír.

Su nombre es Estradiloanolarry, que en su lengua significa “mal nacido por error”. Yo lo llamo simplemente Larry, por amor y camaradería y porque los caracteres en mensajes de texto para Urano son muy caros. Lo conocí una tarde en un foro para gente con dudas existenciales intergalácticas.

Yo planteé mi pregunta de si era cierto que la Gran Muralla China podía verse desde el espacio y él, con un comentario, captó mi atención al tiempo que me robó una sonrisa:

“Sí, así que quita el blúmer rosado ya de la tendedera y al menos por respeto, los tenis Nike de arriba de 15 siglos de historia, muchacha”.

A partir de ahí hemos sido amigos por correspondencia sin habernos visto nunca. En estos días, planeamos conocernos.

Hay dos cosas que Larry sueña con todas las fuerzas de al menos uno de sus cerebros superdesarrollados:

Una es viajar a conocer la Tierra y la otra es enamorarse de una cubana. Me dice: “Las Uranas son muy frías, las cubanas mantienen siempre viva la llama”.

“Incluso a veces – le digo yo-, cuando la llama se les muere, se buscan una chiva y un camello y le sacan una cría “copia” del mamífero artiodáctilo de los Andes de Perú.”

“Ves Lucia”- me responde y coloca un emoji enojado. Los emojis en su planeta tienen máscara de oxígeno, son muy simpáticos. “Por esos cuentos pesados nadie aprueba tu literatura en tu planeta”- y yo me río otra vez porque, sin saberlo, vuelve a dar en clavo.

“Entonces Larry, ¿cuándo vienes?”- Le pregunto y me responde algo que me hace imaginarlo en mi cabeza como el más natural, jurídico y escuálido de los humanos:

“Cuando reúna suficiente dinero y encuentre un disfraz apropiado para que no me sustraigan el jugo ni me juzguen por excéntrico, tú me entiendes”.

“¡Bahhh!, ven cuando quieras Larry, te prometo que, a pesar de todo, en la Tierra serás venerado, tratado mejor que cualquiera de mis coterráneos”.

Él parece entusiasmarse con la idea de ver realizada, al menos por ahora, su primera quimera y me dice: “¿Entonces me invitas a conocer Varadero?”.

Yo sé que conoce el nombre por un anuncio sobre Cuba que vio en una revista que Arnaldo Tamayo dejó regada tras un cómodo cráter redondo en la Luna, y que contiene la imagen ésa que les venden a los extraterrestres y que nada tiene que ver con Cuba, mi Cuba.

– ¿Lucía, me invitarás?

Y ante semejante pregunta, convenientemente, a mí, se me acaba el saldo.

Fin.

“Katia”

Para Katia, un año no significaba nada. Era solo eso, tiempo que pasa, primavera, verano, otoño, invierno y ella siempre igual, habaneando.

Katia tiene veintitrés años y siempre fue una niña “de mamá y papá”. De mamá, de papá, de tíos, de abuelos, de primos y primas; la bebé de un consorcio de funcionarios que desempeñaban su educación, su cuidado y su crianza con la rigidez de un palo. Eran los dueños de un restaurante en el barrio chino. Pulcros, tradicionales, aburridos como la dinastía Ming. Tenían planeada la vida desde los albores hasta el ocaso. Pasaban los años 52, 53, 54, 55, 56 de la Revolución sin que pareciera haber ningún cambio. Katia se inclinaba más por ponerlo todo de cabeza, sin dar nada por sentado. No era rebelde, era joven.

Vivió hasta los dieciséis años adornando el sofá de su mamá, después se marchó a conocer el mundo, su mundo, el mundo que tenía a sus pies, a ser feliz con lo que tuviera a mano. Era demasiado inteligente para engancharse a las drogas, muy especial para casarse con un hombre, muy libre para casarse con una mujer y muy intranquila para quedarse en un solo sitio por más de una noche. Su familia la buscaba sin suerte y solo se topaban con un rastro desastroso de gente que la conocían y nunca podían olvidarla.

Así conocieron a Rolando, un tipo de Miramar que todo lo que veía en ella eran sus grandes tetas y del cual no se enamoró, porque todo lo que veía en él eran sus cualidades de atleta de alto rendimiento, futbolista del equipo Cuba. Ilusionaba y decepcionaba por igual.

En su búsqueda, sus padres conocieron también a Manuel: cajero de un banco, jovencito, adepto a Buena Fe, tenía una moto muy sexy. El tipo era un misterio y un encanto. Es probable que de este se hubiese enamorado, pero de allí también se marchó el día que discutieron acerca del grafiti ese que se ve mucho por La Habana: 2+2=5. El enfoque Arjonesco del cajerucho dejó a Katia en un mar de desengaños.

Así conocieron también a Cecilia, a quien le robó la cartera con todo el dinero dejándole una nota en la mesita de noche que decía: “vendrán a verte unos señores muy correctos, espero te lo devuelvan”.

A Juan Carlos nunca lo conocieron, no llegaron a tiempo.

A Katia le gustaba salir por las noches vestida de negro, las razones se escapaban a su propio entendimiento, era un capricho textil que no abrigaba una gota de amargura. Una de esas noches conoció a Juan Carlos en un bar. Era un galán, debió haberlo sido. Tuvieron una conversación muy clara:

– ¿Que estás haciendo? – le preguntó él sin mirarla, a pesar de estar sentado justo a su lado en la barra.

– Leyendo un libro. – respondió ella con su tonito de presumido sarcasmo y le dio un sorbo al Screwdriver que estaba bebiendo.

– ¿Cómo se titula? – preguntó él como quién le sigue la corriente.

– La Ilíada, de Homero – dijo ella mientras miraba de reojo su cuerpo de varón experimentado. Juan Carlos tenía un poco más de 40 años.

– Me encanta – dijo él.

– A mí también me encanta, hasta ahora – dijo ella visiblemente excitada en mente y cuerpo.

– Yo soy como Homero- dijo él y se volteó hacia ella.

No imaginaba lo que vendría a continuación.

– Poeta y ciego.

Vendría un año que fue todo en la vida de Katia: primaveras floridas, veranos intensos, otoños sagrados y el más cálido invierno. Juan Carlos vivía en 23 y como es de esperarse, tenía un oído super agudo. Por eso escuchó el sonido imperceptible, disímil de los demás que hizo Katia en su puerta la noche que se apareció en su apartamento, tres días después de conocerlo. Cuando salió al pasillo, la escuchó llorar aunque ella se esforzara por reprimir ese llanto.

El problema de seguir el ritmo de una vida como la de Katia comienza cuando todo aquello que conoces encuentra obstáculo en lo que desconoces, lo desconocido entonces se vuelve lo único añorado. Él la había invitado a su casa esa noche en el bar, sin embargo, nunca le dio su dirección, ella la averiguó a través de un amigo. Se enamoró de ella a penas la oyó respirar. Ella era Isolda y él Tristán, todo lo que él había esperado en sus gastados años. Hombre al fin, como humano, le pidió a un amigo que se la describiera. Así fue como descubrió que era bonita y no le importó, aprendió a amarla así hermosa; ignoró ese defecto. Ella fue a buscarlo porque esa noche en el bar le había dolido que fuera ciego. Quería saber cómo le había sucedido.

– No sufras – le dijo – Otra persona se preguntaría: ¿por qué me pasa esto a mí? Yo no, ¿quién carajos soy para que no me pase? Fue un accidente – concluyó.

-¿Entonces no eres ciego de nacimiento?

-No, pero lo he sido lo suficiente como para olvidar la mayoría de las cosas.

-Debe ser terrible – dijo ella.

-Es extraño- dijo Juan Carlos. – El Capitolio por ejemplo, me han dicho que tiene una hermosa cúpula dorada y no puedo verlo, solo recordarlo, poner a conveniencia sobre mi recuerdo la historia que me han contado y armar el mundo que me ha tocado.

No sé todavía por qué Katia confió en el primer tipo que vio, digamos que estaba adolorida, desesperada, cansada y necesitaba ayuda. Tampoco se sabe por qué Juan Carlos el de 23, albergó en su casa un amor insoportablemente celoso, maleducado, consentido y desobediente. Ha de ser porque era ciego y no veía sus defectos, porque ser ciego es ir un poco más allá de practicar la coyuntura. Lo cierto es que el inquilino de 23 puso todo su esfuerzo en curar a Katia, la ayudó a dejar el vicio de vestirse de negro todas las noches y la subió a su cama una tarde de junio, después de estar convencido de qué era lo que quería hacer con su vida. No fue la experiencia de un hombre como Juan Carlos lo que cegó a Katia, fue amor. Amor de verdad, del sencillo y escaso, amor donde la hierba es verde y el cielo azul, todo es simple, todo es maravilloso. A Katia no le molestaba que él no supiera como lucía ella físicamente, él la tocaba y ella sabía que era más cierto lo que él imaginaba que lo que ella vería en cien mil espejos.

– Soy alérgico al pelo de los animales – le dijo en una ocasión a la encantadora e inmadura muchacha sin sospechar que por primera vez ella no se reiría de sus comentarios.

Entonces le pidió que se casara con él y Katia aceptó. Llegado octubre Juan Carlos le habló, por fin, de la urgencia de su corazón por tener un hijo.

No lo intentaron todo, para qué mentir. La verdad: fueron solo casi 3 meses de consultas frustrantes y sexo terriblemente planificado, no había dinero ni recursos para más, tampoco había ganas de dramatizar tragedias como las estrellas de Instagram. Katia y Juan Carlos eran cubanos de esos que ya han perdido la ilusión de todo, sin perder la objetividad en nada. No se pudo, punto. Adoptaron un perro.

Soy alérgico al pelo de los animales – le dijo él, ella se rió otra vez inmadura. Era cierto.

Él no se tomó muy en serio la perra flaca y desnutrida que Katia recogió en el malecón. ¡Allá ella con sus locuras y sus caprichos! Cuando el aire de diciembre sopla, uno se pone medio comemierda tenga la edad que tenga y solo quiere apretar el botón reset, aunque esto solo sea un espejismo y aunque todo vaya a peor. La esperanza es el combustible de los seres humanos.

Entonces un día Juan Carlos enfermó y murió. Un día de esos que a nadie le gusta recordar, Juan Carlos murió de un terrible catarro. Ya sé que los catarros no matan a nadie, pero en tiempos de dengue, de chikungunya, del caracol africano, él no pudo soportar, además era alérgico al pelo del perro y esto agravó la circunstancia. Todos fueron al entierro, pues tenía un montón de familia, todos lloraron y todos se fueron porque todo lo que empieza tiene su final. Y comenzó otro año en la vida de Katia, donde un año no era nada, solo eso, meses que pasaban y pasaban, primavera, verano, otoño, invierno y ella siempre igual, habaneando.

Consiguió un trabajo en el joven Club de Computación de La Lisa y comenzó a ahorrar todo su dinero para recorrer el país de rabo a cabo como le había prometido a Juan Carlos. Cuando los padres de Katia llegaron a 23, la hija perdida y heredera del difunto, Milagros, fue quien abrió la puerta. No pudo contarles mucho sobre el paradero de Katia, aquella chica hermosa, viuda de su homérico padre, solo que la habían visto de vez en cuando en el cementerio poniéndole flores, sacudiendo su sepulcro, arrancando la hierba de un tajo y por supuesto, espantando a esa perra lanuda, encrespada y sucia que duerme tranquilamente encima de la tumba.

Fin

“El amor en tiempos de coyuntura”

Lo conocí un martes, antes de eso, lo había visto solo una vez en mi vida. Era un tipo sexy y encantador, lindo como un muñeco de nieve, exótico para el Caribe, perfectamente imperfecto, cuando reía, el viento comenzaba a oler a invierno, a café con leche caliente, a la colchita vieja con la que te has arropado toda tu vida, que huele a ti, a él, a los dos. Su corazón estaba frío, el mío era un volcán, entonces se derritió, para dejarme el beso más sensual de mi vida, en la vieja estación de trenes, de un pueblo, perdido en hierba.

Lo amé de golpe, lo amé tanto y tan rápido, que el reloj de la Iglesia del parque, se detuvo un par de segundos.

Pero entonces llegó la coyuntura. Les cuento:

Su nombre es Daniel, un hombre que no estudió nada, a duras penas se graduó de bachiller. Su vida era extremadamente sencilla, se levantaba en la mañana, engullía toneladas de café y salía a batirse con el taller de mecánica. Sus manos eran las manos más suaves del mundo y siempre estaban llenas de grasa. Cuando Daniel me toca, es como si yo ardiera de fiebre a 40 grados, es un hombre normal, pero cuando me toca, La Mesa Redonda no me importa, ni el frígido de Randy, a mí me importa un carajo que Bruno Rodríguez rechace todo enérgicamente, el oligopolio GAESA, me da igual comer avestruz, que antílope, que lo que sea, soy una hoja en sus manos, que el viento arrastra en la dirección que quiera. No me andaré con metáforas, Daniel es mi dominador y yo soy su sumisa, nada, que mi mecánico le descarga al tema del látex y el cuero. Eso sí, no es ningún Don Nadie, tiene el número uno de la provincia en arreglar pistones o émbolo, se trata de un elemento que se mueve de forma alternativa dentro de un cilindro para interactuar con un fluido.

El taller “El chupa chupa” es muy famoso, le pusimos ese nombre porque Daniel tiene un hermano dentista, descarao y comunista que le regala caramelos a los niños cuando se portan bien en la consultas. En el yuma eso de las chucherías es barato, pero aquí, el tipo ha terminado regalando unos caramelos cubanos que vienen en un nylon con un indio de palo y en patético Arial 12 dice que tienen 99 por ciento de azúcar y 1 por ciento de colorantes. Eso es letal para los dientes, pero supongo que así es como funciona el socialismo. Daniel tiene por costumbre regalarle chupa chupa a los dueños de los carros, de los buenos, que me los trae mi tía de Jayalía, y lo hace porque yo le recuerdo todo el tiempo, que a veces basta con el talento para abrirse paso en la vida, y Dios toca a algunos de manera especial y les regala una luz natural, un don, y los que no lo tienen, esos son los que tienen que pudrirse en las aulas de las Universidades. Quizás no es tan así, pero yo defiendo a Daniel a capa y espada, como sea, contra quien sea, porque lo amo y el amor es eso, confianza incondicional.

Yo por mi parte, soy una mujer normal. No tomo café, lo odio, odio sobre todo que la gente le de tanta importancia al café y crea que beberlo es algo interesante, ni siquiera es una droga decente, una droga decente es lo que yo siento cuando pongo mi cabeza en el pecho de Daniel para ver CSI, en mi casa no se ve Tras la Huella, para interrogatorios e investigaciones surrealistas, tengo a mi suegra. Esa sensación de “el mundo se puede acabar ahora mismo, que no me importa” solo la siento cuando Daniel me acaricia la espalda mientras Grison dice algo rebuscado e incomprensible y salta el uuuuuuh auu uuuuu uuuuu. Yo quiero morirme un domingo, en el pecho de Daniel, que toma café y que no es perfecto, pero es mío, mi marido, el tipo que me gusta, que hace que me arrodille delante de él, y mientras afuera la crisis del transporte arrecia y la gente suda en mares de incomprensión y resignación, yo transpiro el olor de su sexo, y me muerdo los labios, y lo miro a los ojos, y sonrío, el período especial, nunca va a quitarme ese momento.
Soy costurera, sí, eso es una profesión. No tengo talento, mi madre sí lo tenía y de ella heredé las técnicas y la disciplina y hoy confecciono ropas para una de las tiendas para extranjeros y religiosos más grande la Habana, “Eleguá International”, ahora estamos parados, la tela blanca está perdida. La verdad esto nos ha traído varios problemas a mí y a Daniel.

Primero lo primero, los celos, Daniel es muy celoso, muy posesivo y a la vez, me regala toneladas de libertad, es como si entre más libre me deja ser, más suya soy. Pero luego están estos tipos en el trabajo, con carro y millones, los dueños de Eleguá International y de varios restaurantes, que viven metiéndose conmigo e invitándome a salir. Yo no digo que es acoso ni nada de eso, vamos a estar aquí y no en la cola del combustible, el acoso es algo serio, constante, amenazante, incómodo, yo no siento nada de eso, me cae mal la babosería, pero me basto y me sobro para mantenerlos a raya. A esa gente parece que el acoso no los atrasa, porque mira que evolucionan, hay uno que el año pasado tenía un KIA Río y ya tiene un Audi, yo sé esas cosas porque Daniel se sabe todas las marcas de los carros y me las enseña, a veces me pone a prueba desde la ventanilla de la guagua cuando vamos a algún lado, es como un juego cómplice de parejas, me dice, “Érica, que carro es ese?” y yo pienso un segundo y le digo Renault, o Citroën, o Mercedes, cuando vamos con mi suegra, o Ford del 58 con motor de Nissan del 39 y gomas de Moscovich Aleco, na mentira los almendrones no me los sé jaja.

El principal problema de todo, quitando los celos, y que en algunos momentos he ganado más dinero que Daniel, quitando también que ahora ambos estamos sin trabajo, que se viven tiempos duros, quitando el problema de la vivienda, y los tragantes tupidos en las zonas más bajas de Centro Habana, quitando las facturas de la electricidad en estos tiempos de calor, o estos tiempos de calor quitando la electricidad, quitando la obstinación diaria de levantarse y salir a la jungla a “cazar” la comida al mercado más cercano, quitando todo, el principal problema es que yo quiero irme de aquí y Daniel no.

Es duro, es muy duro, este país se pone cada vez peor, y Daniel de alguna manera piensa que este gran basurero es su hábitat natural, y suda con su nariz de zanahoria, sin nieve a miles de kilómetros a su alrededor, suda, y se mantiene firme y sigue intentando cambiar el mundo, con sus brazos cortos y sonríe y le encanta el reggaeton. Mi tía nos quiere sacar de aquí, ella puede y en poco tiempo nos resolvió la manera de largarnos.

Ayer en la tarde estaban dando La Mesa Redonda, y Daniel estaba sentado frente al televisor leyendo un libro de Frank Padrón, para debatirlo al otro día en el taller, el literario al que va con otros mecánicos del taller de mecánica, en la casa de Cultura Mirtha Aguirre, Daniel quiere ser escritor y le recomendaron que empezara por ahí. La cosa es que no sé por qué pensé que era un buen momento para contarle a Daniel que mi tía ya tiene todo listo para sacarnos vía México, y me acerqué lentamente por detrás, y le besé los cientos de lunares de la espalda y le quité lentamente el libro de las manos, y me dije por dentro de mí, “Érica, con un palo bien echao este blanco caractoso afloja”…y ahí comenzó la cosa, él a darme nalgadas suaves y a morderme, yo a a abrirme de piernas como si estuviera haciendo “El lago de los cisnes” , y la cosa ardía, el momento, quiero decir, y yo empecé a gemir, y a casi que gritar y Daniel a apretarme el cuello, cuando de repente, el Presidente que hablaba en la televisión dijo que la situación en Cuba era “coyuntural “. Yo solté una carcajada, demás está decir que cuando una mujer sumisa se ríe al dominador se le cae la pinga, el momento se pasmó y me jodí.

Por suerte, Daniel sí es un caballo y al menos lo del sexo tiene arreglo.

Fin.

Imagen elmundo.es

“Se nos muere agosto”.

El verano termina, y con él, se lleva ese olor, siempre a domingo, el ruido del taladro y las ollas de presión.

Para algunos es el comienzo de un nuevo curso escolar, el primer día de escuela, con sus uniformes encartonados carentes de lavado asiduo, sus tachones rectos, sus camisas blancas y en el cuello, el espacio vacío para las pañoletas que tendrán.

Para otros, el primer día de la Universidad, la novia con la que compartirá todos los rincones de la facultad, aquella que le partirá el corazón, o peor, con la que terminará en matrimonio.

Septiembre se hace promesa, están quiénes volverán a los viejos amigos del aula, aunque si como yo, resulta que usted es un poco más adulto, obtendrá el silencio suficiente en casa para tomar un baño caliente de burbujas en una tina, destapar una botella de Champagne y dar gracias al Ministerio de Educación por el estoico acto de caridad de librarte de tu hijo hasta las 4:20 de la tarde. Ok, quizás no sea una tina ni Champagne, pero se llevaron los chiquillos que es lo importante aquí.

Sin embargo, hay otros que en su piel morena, qué digo morena, en su piel calcinada con ausencia de tejido en varios lugares, llevan grabada la huella de los meses más felices de su vida, y con nostalgia, recuerdan el pueblo de campo donde viven sus abuelos al que fueron a regañadientes en julio, y del que luego no querían partir.

Las horas en el río, los festivales de música, la chica de al lado que solo vino un par de meses a pasar las vacaciones con el vecino amargado y a la que le robaste sonrisas y algo más… aunque no sabes si alguna vez, la volverás a ver.

El embate de las olas, las borracheras hasta el amanecer con tus amigos crueles que al regresar te etiquetarán en Face. Las largas horas tumbado en el sofá, viendo series, películas, lamentando la época de Prismas Bajo el Sol, e incluso tarareando el recuerdo de la pegajosa musiquita, disputándote el televisor con todos los miembros de la familia, viendo Teleplays, arrancando el cable de la corriente cuando empezaba Dojo en TV.

Los aguaceros todas las tardes a las cuatro y tu mamá peleando por entrar mojando todo justo cuando ella acaba de limpiar. Las lanzadas en bicicleta, loma abajo, carente de cualquier sistema de frenos, consiguiendo la aceleración necesaria para impresionar a un dentista.

Las colas de 72 horas para montar una atracción en el Parque Lenin, el calor intenso y la sequía que te hace alucinar con Walt Disney, donde también se hace cola no jodas y piensas que un día estarás ahí, aunque tu hijo se burle de tu infancia, de tus bolas, de tus trompos, de tus viajes escondido en la barriga de un avión.

El verano terminó y al fin Maikel Blanco se verá obligado a dejar de cantar su complicado sencillo en honor a esta maravillosa estación, que en Cuba, saboreamos por mucho tiempo.

Pero sin duda, la mejor noticia es que, los apagones programados serán un recuerdo, tendrás varios déjà vu, pero ya deberías estar a acostumbrado.

Como sea, todo lo que empieza debe terminar, agosto se va, Cuba vive un verano más donde pedimos que bajaran los precios de Internet, donde vimos con dolor como SNET fue abducida, pero aquí estamos, somos sobrevivientes, siempre lo hemos sido.

Septiembre, ¡allá vamos!.

“El dueño de to’ esto”

El silencio de la habitación vacía, no hace más que convencerte de que estás en lo cierto. Nunca te ha asustado quedarte a solas con tus más profundos pensamientos. Sin embargo, crítico mordaz como eres contigo mismo, no puedes evitar preguntarte si estás haciendo bien o estás haciendo algo muy mal, absurdo, ridículo, y lo que sí te asusta, inútil.

Estás preso, esperando que vengan a interrogarte, y tienes muy claro lo que vas a decir, al menos la primera oración que es la que funciona como un puño al rostro, la que les hará pensar que eres un tipo duro. Años de lectura te ha hecho conocer personajes valiosos con sus valiosas líneas de campaña de ensueño, quizás la tuya no es una campaña de ensueño, pero sientes en tus huesos que es lo justo, no puedes evitar preguntarte una vez más, estando casi pegado a los treinta : ¿Qué es la justicia?

No lo sabes, no puedes ni quieres saberlo todo, antes querías, ahora te duele, porque entre más sabes la gente menos parece comprenderte. ¡Que maravillosa es la gente! Lo peor es que no lo saben y se empeñan en discutir contigo, precisamente contigo, que discutir es tu versión más tóxica, de hacer el amor con las palabras. Te ríes, eso te quedó bonito, pero no, necesitas algo con más personalidad, para impresionar y devolverle la intimidación a esos tipos que en segundos entrarán por la puerta a intentar explicarte cosas que no tienen sentido y que ellos quieren hacerlo parecer como que tienen todo el sentido del mundo, pero no son serios ni para inventar disparates. Tú menos, los disparates no van contigo, te hierven la sangre, es lo único que hace que te quites por una fracción de segundo los espejuelos y te limpies bajo los ojos, como si estuvieras sudando del genio, tú no sudas, a veces crees que es porque estás muerto.

No te metas en esas crisis existenciales ahora, todos estamos muertos y sí incluso ese que anda por ahí pareciendo feliz y siendo exitoso y amando a una mujer que no tiene idea cuando cita a Gasset, ni de la Revolución de Octubre, ni de los sacrificios aztecas, y que sólo se preocupan por hacerse selfies y por qué todo el mundo se entere que ellos no compran los mandados de la bodega. ¡Concentrate coño! Se te acaba el tiempo y te van a echar una pila de años por la cabeza. El primer tipo duro que se te antoja imitar, el primero que se te viene a la mente es Alejandro Magno, por supuesto, te pones medio de pie a pesar de estar esposado, y ensayas por dentro: ¡Qué excelente caballo pierden por falta de destreza y denuedo para manejarlo!

¡Si espero perderé la audacia de la juventud!

¡Los griegos no deben ser esclavos de los bárbaros!

¡Lucharemos para Grecia y nuestros corazones permanecerán en ella!

Te vuelves a sentar, no poder gritar te mata por dentro, eso no sirve, piensas, además, Alejandro era gay, contarás con el apoyo de la comunidad LGBTUQXYZCVUOP, pero a la gente no le va a gustar eso de quemar las naves, esos aparatos cuestan un ojo de la cara, quizás hasta los dos, duele dar tanto dinero para que te lo decomisen, pero más duele quemarlo con tus propias manos, Alejandro estaba loco y además, tu eres un pensador no un reaccionario, lo sabemos.

Sientes un ruido en la puerta, los tipos esos van a entrar y tu estas perdido, y estás nervioso claro, pero a la vez no, porque tienes la razón y cuando tu tienes la razón, uyuyui mamá, hay que quitarse, por eso te apoyamos, aunque tendrías más futuro como lírico reguetonero. Mírate donde estás hombre, es ahora o nunca y los gringos opinan que Cuba necesita un mártir :

¿Estás dispuesto a morir realmente y no de alma como los pensadores del progreso? .

La puerta se abre y entra una muchacha joven como tú, una policía super sexy, peinada para atrás con rudeza, en un intento de cebolla que le achina demasiado los ojos, tiene buenas tetas, tiene buena cintura, le queda demasiado bien el feo uniforme tosco revolucionario, pudiera ser la nueva Madonna, pero no lo sabe y está entrenada para que seas tú quien le cante “La isla bonita”.

Ella se sienta, a tí se te para, ay Dios, ¿qué es esto?

No te viene a la mente ahora mismo ni Mandela, ni Gandhi, ni Diego Rivera tan siquiera

Yo solo quería jugar, carajo, piensas, mierda, qué digo, piensas de nuevo:

“Con las leyes pasa como con las salchichas, es mejor no ver cómo se hacen”.

Otto Von Bismarck

¿Salchichas? Game Over.

Fin.

Imagen (@valer_gisbert Valer Gisbert Berbis)

“GLOBOMANÍA”.

“¡Prima, me voy a casar!”, me dice, mientras yo leo un libro de Mika Waltari.-¡Prima, que me voy a casar!”, me repite, y yo sigo de torpe sumida en esa hijoputada que le hace Nefernefernefer a Sinuhe, el egipcio.
” Mejor ni te cases”, pienso por dentro, pero no se lo digo.

-¡”Mi prima ya lo tengo todo cuadrado, solo necesito que aceptes ser mi dama de honor!”.-Está bien- le respondo.

Distraída no me doy cuenta de su postura a lo Globomanía.

-Mija, vine a que me ayudes con un par de cosas, atiéndeme chica.
“Te estoy atendiendo”, le digo, sin abandonar el desierto y agrego sin levantar la vista del viejo libro que nunca me arrepentiré de haberme fachado a carreras de la librería municipal:
-Sólo necesitas sacar el turno en el Registro Civil, dos testigos, el carnet,el nuevo, no el que usas para comer helado en la playa, y ya, un par de sellos de timbre, creo.

-Primi…me dice, haciendo una pausa que es como una curva peligrosa.
“Yo me quiero casar de velo y pitería”.

Entonces logra evaporarme de Egipto en un segundo, quito los ojos del libro y la miro, me encaramo los espejuelos inútiles en la cabeza:
-Claudia, tu madre…(respiro). ¿Tu madre sabe esto?.
-No mija claro que no, aún no se lo he dicho…
Vine a pedirte otro favorcito prima…que se lo digas tú, anda, ella siempre te hace caso. Tiráme un cabo con tu prosa, que tú hablas bonito.

Pongo el libro encima de la cama, y subo los pies al sofá atravesado que tengo al lado, en pose de quién se enfrenta a una larga conversación aniquila sueños.”¡Ay Jehová! por qué me pasa esto a mí”, digo por dentro, pero por fuera trato de ser siempre la hermana mayor, de mi prima chiquita.
-Eso vale tres ojos de la cara mima y sabes bien que ni tus padres, ni la madre de tu novio pueden darse ese lujo.

En mi mente veo a la dependienta gastronómica que trabaja en una cafetería (que es mejor mantener fuera del alcance de los niños), a la señora esa amable que limpia el cuerpo de guardia del policlínico, al parqueador de carros de un Centro Comercial, y al tipo que pregona en la calle: ¡El yogur!, yogur que fabrica la señora que exprime la colcha de trapear el policlínico, mis tíos.
“El mundo es un pañuelo”, pienso, y los veo a todos arrodillados con cara de pescado en tarima, pidiéndome que le cuente a su hija alguna fábula reflexiva de escritores, tan profundamente dramático y tergiversado, que le haga pensar que la pobreza es sublime.

“Hubo una vez una jirafa cansada de sus joyas”…. Comienzo a decirle.
Ella me detiene en el acto:
-Mira prima no empieces a bajarme esa muela, ya sé lo que me vas a decir, es más, mira mi primi, ya yo lo tengo todo resuelto:
Ad libitum “Mi papá puede hablar para conseguirme el local, me caso un domingo en el parqueo, que el Centro cierra temprano…
si le damos una cajita el custodio nos deja.
Al tío Pancho le llenamos el Almedrón de preservativos…-¿En la guantera? – pregunto aturdida y contagiada de su entusiasmo.
-¡No chica! inflados en el techo.
Mi mamá me puede conseguir la masa pa’ las croquetas y los panes en “EL SATÉLITE” (ni idea por que se llama así la cafetería).
Mi suegra conoce un médico que hace cakes…tú sabes que el no vive de eso, si le llevamos los huevos tal vez nos cobra barato.

Carmita la que estudió conmigo me va a prestar el vestido blanco, de la boda de ella con el Gerente que le pegó los tarros con la de Recursos Humanos. ¿Te acuerdas? Ella le dio candela a todo pero al vestido no mi prima!!!! Se iba hacer unas cortinas para el bajo de meseta y yo lo salvé!.

“Y prima bueno, me hace falta que tu marido, me preste el traje ese que se puso el día de la Tesis de Ingeniero pa’ Miguelito, se va a ver más guapo ese negro.
-¿!Ay mija te estoy jodiendo mucho!?.(No respira).

“Las damas de honor se pueden poner los vestidos iguales que te dieron a ti y a Graciela en la Gala esa que presentaron de la UNEAC…
-Claudia eso es atrezzo del ICRT- le digo.
¡Ay chica, esa gente no dan na!, bueno, se buscan algo parecido, que todo lo que traen de Guyana es igual.
Claudia me convence con su sonrisa optimista, y me manda al fuego a casa de mis tíos, casi pierdo la guerra de convencer a tres cubanos de que esto es posible, de alguna manera se oye muy ridículo cuando yo lo explico.

Entonces ella irrumpe en la sala bailando con el vestido de Carmita puesto, con esa explosión de sueños, y victoriosa me recuerda a Boccacio, a Honorec de Balzac, a Kafka.Parece que habrá boda.